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CAPELLANÍA
Adolescentes y alcohol
Ricardo Regidor
Un 80 por ciento de los escolares entre 11 y 15 años ha probado las bebidas alcohólicas. Un 20 por ciento reconoce haberse emborrachado alguna vez. Y un 25 por ciento confiesa consumir licores al menos una vez por semana, cuando sale con los amigos. Ante estos datos, no es extraño que nos encontremos con que alguna vez nuestro hijo llegue a casa un poco más alegre de lo normal. 
No vamos a entrar en las causas pero el hecho es que, últimamente tiende a considerarse el beber como algo necesario para divertirse. Y mucho mas entre los jóvenes y los adolescentes. Parece que sin cerveza o sin combinados de mil tipos no es posible la diversión. Además, cada vez se bebe más y más pronto y nadie está vacunado contra este vicio, sobre todo si el ambiente incita a ello. Es muy probable que nuestro hijo no se haya emborrachado nunca, pero no sería nada raro que hubiera una primera vez: los amigos los ambientes las situaciones... influyen. Cualquiera puede caer, es cierto, pero si hemos procurado para nuestros hijos buenos ambientes y buena educación desde pequeños, resultará más difícil. 
EL "PUNTO"
Muchos adolescentes no buscan emborracharse sino llegar al "punto", es decir a ese estado en que uno se encuentra eufórico. El alcohol, en pequeñas dosis estimula la corteza del cerebro. Así, al principio notamos cómo mejora nuestra capacidad de raciocinio. Parece que pensamos mejor... pero se trata de un efecto muy transitorio y enseguida se sobrepasan los muy estrechos límites de cantidad de alcohol inocua. Tras las primeras cervezas se pasa por un inicial sentimiento de euforia, de bienestar, con locuacidad, desarrollo de la imaginación y simpatía... Lo ideal para una noche de movida. Pero el problema reside en que este estado se acompaña por una pérdida del sentido de autocontrol. En muchos casos esta situación lleva a seguir ingiriendo alcohol con la idea equivocada de que si ahora estamos bien con más alcohol estaremos todavía mejor. El resultado es catastrófico y conocido por todos. Con la borrachera se pierden conceptos como la responsabilidad, las normas elementales de la convivencia y de la prudencia. La borrachera puede parecer peor pero el "punto" es más peligroso: como aún existe conciencia, los chicos piensan que van bien pueden conducir sus motos. 
EFECTOS DEL ALCOHOL
El alcohol por sí mismo, no es bueno ni malo, depende del organismo. El alcohol precisa para su correcta eliminación unos mecanismos complicados que van madurando con los años. A nadie se le ocurriría dar un plato de lentejas a un recién nacido no porque las lentejas sean malas sino porque no las puede asimilar. Y el organismo no está maduro (sobre todo las principales funciones como la hepática y sobre todo la cerebral) para asimilar el alcohol hasta más o menos, los dieciocho o los veinte años. Beber alcohol a edades tempranas puede dar lugar a efectos indeseables, no a causa del alcohol, sitio a la falta de adaptación del cuerpo para manejarlo. 
PROBLEMAS DEL ALCOHOL
A estas edades beber alcohol puede causar una serie de complicaciones a nuestros hijos adolescentes: · 
- DISMINUCIÓN del crecimiento celular y, por tanto, de todo el cuerpo. · 
- TRASTORNOS del equilibrio. Es el mareo y la visión borrosa que se produce al beber y que pueden dejar alteraciones permanentes. · 
- DAÑO EN otros órganos internos como el hígado y el estómago. · 
- TRASTORNOS SEXUALES, porque las células de estos órganos son extraordinariamente sensibles y si se lesionan pueden dar lugar a graves defectos, desde la impotencia a la esterilidad. · 
- DESCENSO DE la actividad mental, de la facultad de crítica, o juicio y de la de reacción. Según estadísticas ya muy conocidas, un buen número de los fracasos escolares se da entre chicos y chicas que beben alcohol con frecuencia. · 
- CAMBIOS EN el ánimo: de optimismo a pesimismo, de alegría o serenidad a tristeza o actitud agresiva. · 
EL ADOLESCENTE
se convierte en un ser fácilmente influenciable, por la disminución de su capacidad de raciocinio. Estos son argumentos más que suficientes para hablar con nuestro hijo del alcohol y de sus peligros. 
OLFATO DE MADRE 
No hace falta decir a una madre cuáles son los síntomas de un exceso en la bebida: el chico o la chica, después de venir con los amigos, está muy locuaz en casa, cuenta más cosas de las habituales, se traba al hablar; tiene los ojos y la nariz excesivamente rojos; a veces, van directos a su habitación y no quieren cenar para que no comprobemos su aspecto; beben mucha agua, porque el alcohol da sed; tiene cierta expresión "estúpida" o de "beatitud" en el rostro; sus ropas y aliento huelen a alcohol; al día siguiente les duele la cabeza y están muy apáticos.
MÁS VALE PREVENIR
Disponer de demasiado tiempo de ocio y de abundante dinero facilita caer en el vicio de la bebida y del tabaco. Por eso, muchas familias atan corto a los hijos. De todas maneras, si conocemos los ambientes en los que se mueven nuestros hijos comprenderemos mucho mejor sus actitudes. Si no hace más que salir a la zona de bares, donde el suelo está alfombrado de vasos de plástico de cerveza... lo raro sería que no bebiera. Como ocurre muy a menudo, prevenir es mejor que curar. Para ello, hay que hablar con los hijos, desde pequeños, de las consecuencias del alcohol. Tanto físicas como del daño que hace a la propia persona: una persona ebria no tiene dominio de sí misma. Así, si paseando con vuestro hijo (el pequeño o el adolescente, es igual) veis a un borracho o a gente bebiendo excesivamente, podéis aprovechar y hacerle ver lo pobre que es esa diversión. Si se trata de una hija, podéis hacer que oiga de sus hermanos varones lo que piensan los chicos de una chica borracha o bebida: se horrorizará.
LA PRIMERA VEZ
La primera vez que nuestro hijo se emborracha es normal que nos llevemos un disgusto. Pero una borrachera no significa que vaya a ser un alcohólico para toda su vida. Normalmente, no dejará huella en él. Al contrario, si sabemos aprovechar esta oportunidad, podremos dar la vuelta al asunto con mucha más eficacia. ¿Qué hacer? Como ya está borracho, no solucionaremos nada gritando o poniéndonos nerviosos. Al contrario, es mejor derrochar cariño y comprensión, le ayudaremos a acostarse con buenas palabras, le desvestiremos y le limpiaremos. Todo ello, además, servirá de ejemplo a sus hermanos, tanto a los más pequeños como a los mayores, que verán cómo sus padres les quieren incluso en estas situaciones. Existen grados de borrachera, pero si está más o menos consciente podemos procurar que entienda y comprenda lo que estamos haciendo con él. Al día siguiente lo recordará y se llenará de vergüenza y de cariño hacia sus padres.
EL DIA DESPUÉS
El día siguiente a una borrachera es el más importante: él estará totalmente abatido. Podemos adelantarnos y prepararle un buen desayuno, incluso llevándoselo a la cama, después de dejarle dormir todo lo que necesite. El momento de la conversación sosegada ha de llegar, sin timideces por ninguna parte: es necesario hablar, más que nunca. Nuestro hijo no es un criminal, aunque puede que, a lo mejor, él se sienta así. No encontraremos otra ocasión mejor para que pierda, de una vez por todas la idea de emborracharse. Por beber de más ha pasado una mala experiencia, ha entristecido a sus padres, todo su cuerpo se resiente... Intentaremos que se haga el propósito de no volver a hacerlo. Nosotros, para apoyar esas buenas intenciones podemos decirle que beber es malo para él, que ha dado un disgusto a sus padres, que no le vamos a castigar porque confiamos en él y su buena voluntad, que se comprometa a no volver a hacerlo... Además, le dejaremos hablar a él para conocer las causas: si ha sido un hecho consciente o ha caído sin darse cuenta, o si se debe a sus amigos, o a alguna fiesta especial, etc. Sabiéndolo, actuaremos en consecuencia.
PARA RECORDAR 
En ayunas, la cantidad máxima de alcohol en la sangre se alcanza entre 15 y 30 minutos después de beber. Si se toma durante las comidas este nivel máximo tarda en alcanzarse entre 1 y 3 horas. Son necesarias luego varias horas sin tomar nuevamente alcohol para que la alcoholemia baje a cero. La ingestión continuada, a cortos intervalos, hace que las alcoholemias se acumulen y suban a niveles muy altos. Es decir, que si se bebe a menudo, se mantiene mucho tiempo el alcohol en la sangre y tarda más tiempo en eliminarse. El que ha bebido debe esperar entre 3 y 6 horas antes de ponerse a conducir un vehículo o iniciar una actividad peligrosa. 
EN RESUMEN 
LOS HIJOS deben saber que no es lo mismo un vaso de cerveza que un vaso de whisky. Como La cerveza tiene menos grados se bebe más cantidad, y se emborrachan más. · 
A LA HORA de salir con los amigos no es bueno mezclar bebidas de distintos tipos, pues se suman los efectos de cada una. · 
CUANDO SALGAN de casa por la tarde, procuremos que se tomen una buena merienda antes de irse, ya que el efecto del alcohol se minimiza. Por eso, si toman cervezas que también pidan unos pinchos o unas patatas fritas. · TAL COMO ESTÁ el ambiente, que nuestro hijo llegue un poco más alegre de lo normal, no es una tragedia, pero sí un aviso. Habrá que estar más atentos y charlar con él. · 
PODEMOS REVISAR nuestra conducta a la hora de divertirnos: ¿bebemos mucho? ¿hablamos de bebidas en casa y de lo bien que se lo pasa uno con un coñac en la mano? · 
OJO CON el mueble bar: ¿son necesarias tantas botellas y tan tentadoras en casa? No se trata de hacer marcas, sino de crear un ambiente en casa: no es necesario beber para divertirse. · 
EL OCIO fomenta la bebida y el tabaco. Procurad para vuestro hijo otros modos de diversión: deporte, cine, reuniones en casa, etc. Si vuestro hijo llega borracho a casa alguna vez, mostraos muy cariñosos y dejad la charla más seria para el día siguiente. Ahora no se enterará más que de unos gritos, pero no tomará conciencia de su error. Sin embargo, si le demostráis vuestro afecto ahora, lo recordará siempre. Al día siguiente, hablad seriamente con él.