|
por Jesús Martínez García UN SANTO CERCANO
Una persona es amable cuando en el trato se la ama de manera espontánea. El beato Josemaría Escrivá fue una de esa personas a las que se quería al poco de conocerle por su trato cordial y su cercanía. Poseía una facilidad prodigiosa para hacer amigos, no en el sentido de establecer relaciones sociales o de saber tratar con cortesía, sino que entre quien le escuchaba –quizá por primera vez– y él, se establecía una relación de amistad, sabiendo que se había interesado de verdad por las propias cosas. Esa amistad no era de simple momento. A él le hubiera gustado mantener ese trato asiduo con cada uno, con cada una, como un padre; y, en la medida en que le fue posible, atendía y cuidaba a sus amigos; les visitaba, les escribía; les invitaba a su casa, se interesaba por su salud y por la marcha de sus trabajos; estaba al tanto de los sucesos alegres o tristes de su familia; sacaba tiempo de donde podía para ocuparse de su pequeña o grande necesidad; les hacía un favor, si estaba en su mano; y, si llegaba la ocasión, daba la cara por ellos. Algo había en su mirada que atraía a los jóvenes, tanto cuando él tenía treinta años como al final de su vida. Algo había en su consejo que encendía en deseos de amar a Cristo y de servir a Dios. Algo había en su corazón que llevaba a quien se encontraba a su lado –ya fuera marquesa, catedrático, campesino o ama de casa– a quererle de verdad. Al tratarle, todos advertían los detalles de su cariño, porque cuando se ama, ¡qué difícil es disimularlo! El beato Josemaría dejó escrito que Dios
“nos da un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con
un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas
de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres
y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y
al Padre y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré
de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco
podremos ser divinos”
Ser verdaderamente humanos para ser muy divinos; y es cierto también al revés: cuando se ha conocido a alguien que estaba muy cerca de Dios, se tiene la impresión de que nadie como él le ha ayudado de verdad, le enriqueció su amistad, y se acaba pensando: éste sí que era verdaderamente un amigo. VERDADERO AMIGO
A través de esta dimensión, el Fundador del Opus Dei desarrolló su apostolado: el “apostolado de amistad y confidencia” (Conversaciones, 62). Es precisamente con el cariño y el servicio, haciendo propias las necesidades ajenas y procurando resolverlas, como el cristiano puede acercar a los demás a Dios, ayudándoles a que se planteen el sentido de sus vidas, y conozcan y sigan lo que Dios espera de ellos. El Fundador del Opus Dei sabía que esto no es instrumentalizar la amistad, sino llevarla a sus últimas consecuencias: es compartir la experiencia que el cristiano tiene y le hace feliz, es ayudar de verdad en lo que más necesidad tenemos todos. “Amar al mundo apasionadamente”, así se titula una homilía suya. Y así amaba el beato Josemaría a cada persona que conocía: apasionadamente, como Cristo la ama. Porque, en el fondo, es lo que llena de sentido la propia existencia: ¡hay tantos a los que ayudar, a los que hablarles de Dios! Y cada encuentro con otro es una oportunidad, quizá irrepetible. Mons. Laureano Castán, Obispo de Sigüenza, resumía así la personalidad del Fundador del Opus Dei: “se caracterizaba por una profunda vida interior, que le llevaba a conducir a Dios todas sus acciones y conversaciones, de manera que cuantos le tratábamos nos sentíamos arrastrados por ese amor de Dios que contagiaba; vida interior unida a una profunda alegría y sentido del humor, que llevaba a sentirse feliz a su lado. Y energía de carácter, que se compaginaba perfectamente con la exquisita delicadeza en el trato, con gran serenidad y ponderación de sus acciones” (En Así le vieron, Palabra). A la muerte del Fundador del Opus Dei muchas personas
tuvieron el sentimiento de que habían perdido a su mejor amigo.
Don Juan Hervás, obispo de Mallorca y de Ciudad Real, promotor de
los Cursillos de Cristiandad, dejó escrito en un artículo:
“nunca me había parado a considerar hasta qué punto mi amigo
Josemaría era algo tan mío, tan próximo a mí,
que su desaparición me dejaba tan herido, con una enorme sensación
de vacío. Siempre había podido contar con él cuando
le necesitaba” (P. Urbano, El hombre de Villa Tevere). Pero sobre todo,
latía un acto de agradecimiento a Dios por haber conocido a quien
les había querido de verdad y les había acercado a Dios.
Qué notarían Pedro y los demás apóstoles cuando, uno a uno, mirándoles a los ojos, les pidió que le siguieran. Él sabía lo que les esperaba, ¡tantas cosas grandes!, en la tierra y en el Cielo… Cómo sería la mirada que le dedicó al joven rico, a quien, se quedo mirando y le amó, y le dijo: Ven y sígueme. Si tú supieras…; si dejaras todo y me siguieras, conocerías cuánto te ama el Padre y lo que espera de ti... Cómo miraría a la Samaritana, a Zaqueo, a todos, incluso a Caifás, que les removió tanto por dentro. A unos en un sentido, a otros, en otro, según las disposiciones de sus corazones. Nosotros ahora no podemos comprobar la mirada de Jesús, pero sí “sentirla” en la oración, junto al Sagrario. Depende de nuestra disposición. Pero aunque no podamos verla, hay un medio para entreverla, por semejanza: observando los ojos de Cristo, vivo en sus santos, en esos hombres y mujeres de los que Jesús se apoderó –porque se dejaron apoderar (cfr. Jeremías 20.7)–, en cuyos corazones anidaban los sentimientos de Cristo, y afloraban hacia los demás en su mirada. ¿POR QUÉ ESA
MIRADA?
Quienes cruzaban la mirada con la suya se sentían queridos y percibían además la garra de Dios en sus almas, como si les dijera: Si tú supieras quién eres y lo que puedes llegar a ser… Era la suya una mirada acogedora, cariñosa, y a la vez exigente. “Hay que pedirte más: porque puedes dar más, y debes dar más. Piénsalo” (Surco, 13). Con enorme delicadeza orientaba y espoleaba a que cada uno diera lo que Dios le pedía en ese momento, o que fuera por el camino que Dios quisiera para él. Con gran respeto ante cada alma, sin mandar, poniendo a cada uno ante sus propias responsabilidades, porque es uno mismo quien ha de entender, quien ha de querer y hacer lo que entiende que Dios le pide. Precisamente por esa elegante y delicada exigencia, muchos se decidían a abrirle su alma, a pedirle consejo espiritual, y a hacer lo que les proponía. No porque fuera joven, erudito, tuviera sentido común, sentido del humor o se interesara verdaderamente por los problemas que se le confiaban. Todos esos valores humanos los poseía, pero no acudían a él por eso, sino porque les hablaba de Cristo, de vida de oración y de sacrificio, de entrega a Dios y a los demás. En última instancia, esto es lo que se espera de cualquier sacerdote. En la presentación de un libro que recoge unas homilías suyas (Es Cristo que pasa), Monseñor Álvaro del Portillo resumía así la vida del Fundador del Opus Dei: “Hablar de Dios, acercar a los hombres al Señor: así lo he visto desde que lo conocí, en 1935”. En tantas ocasiones, ante alguien que mostraba cara de preocupación, bastaba una mirada suya, y una pregunta –¿Qué te pasa?–, para que el interlocutor le abriera el corazón como a un padre. Mirada de padre que amaba, que se interesaba por la salud espiritual y física de quien tenía cerca. Por eso se le quería sin esfuerzo, le invitaban a la propia casa, y le decían: ¡Padre, quédese!; por eso arrastraba –especialmente a los jóvenes–, cuando lo único que ofrecía eran sus manos abiertas, su palabra de sacerdote y su mirada cariñosa. No era poco, porque es lo que todos necesitamos. No pedía nada para sí mismo, pedía a cada uno que amara a Dios. Y si alguien mejoraba espiritualmente y deseaba darle las gracias, no lo aceptaba, porque “sabía” que es Dios quien hace las cosas, y que él era mero instrumento. Posee la mirada de Cristo quien lleva en su corazón los mismos sentimientos que Jesús tiene en el suyo. Y esto es lo propio de los santos. Una mirada limpia que goza con lo bello y lo bueno (Todo es limpio para los limpios, Tito 1,15), y que se guarda ante lo que puede alejar de Dios, incluso que se cierra ante la curiosidad, para no ir distraídos (cfr. Camino, 283). Quien lleva recogida la mirada puede tener vida interior, y mirar a los demás como hijos de Dios, y ver a Cristo en ellos. Saber mirar al Sagrario, contemplar el Evangelio o una imagen de la Virgen, y que a uno le diga algo –mucho– sólo cabe en un corazón así, enamorado. Cómo sería la última mirada del beato Josemaría en la tierra, que fue dirigida a una imagen de la Virgen… No podemos ya cruzar nuestra mirada con la de este sacerdote de Dios, pero la podemos ver en filmaciones y en fotografías. Hay una fotografía, precisamente la que viene en la estampa para su devoción, que a mucha gente le ha hecho mucho bien mirarla despacio. Quien se detenga a contemplar esa mirada puede que sienta en su corazón lo que esos ojos manifestaban, y se pregunte algo así como “¿qué te pasa?”, o se plantee aquellas palabras del primer punto de Camino: “Que tu vida no sea una vida estéril. –Sé útil. –Deja poso…” Si los ojos son el reflejo del alma, y en su corazón tenía el fuego de Cristo, a la postre no es él quien nos mira, sino Dios a través de él. Esa fue la norma de su conducta siempre: que las almas no se quedaran en su persona, sino que fueran a Dios. Esa es la gran ayuda que ha prestado a miles y miles de personas, y el gran favor que nos puede hacer hoy: ayudarnos a descubrir la mirada alegre, amable y exigente de Jesús. |