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LA IMPOTENCIA EN LA PRUEBA A lo largo de nuestra vida, todos conocemos alguna situación de prueba o dificultad que nos afectará personalmente, bien en nosotros, bien a quienes nos sean muy queridos; una situación en la que no habrá nada que hacer, porque –por muchas vueltas que le demos y aunque pensemos en ello día y noche- la solución no estará en nuestras manos. Sentirse así de pobre, tan desarmado e impotente, constituye una gran prueba. Más aun cuando se trata de alguien muy próximo, pues ver debatirse en medio de dificultades una persona a la que queremos y carecer de los medios de ayuda necesarios es sin duda uno de los peores sufrimientos que padeceremos en nuestra vida. A muchos padres les acaba llegando, antes o después. Cuando el hijo es pequeño, siempre existe alguna manera de intervenir o de ayudar en los problemas que vayan surgiendo. Pero cuando crece, cuando se hace independiente y no atiende a razones, es terrible para los padres ser testigos de cómo un hijo se refugia en la droga o se embarca en aventuras demoledoras; a pesar de su inmenso deseo de ayudarle, se sienten absolutamente inermes… Entonces, incluso si aparentemente no hay donde agarrarse ni se dispone de medios concretos para intervenir, tenemos que decirnos a nosotros mismos que, a pesar de todo, aún nos queda la posibilidad de creer, de esperar y de amar. Creer que Dios no abandona a esa persona y que la oración por ella dará sus frutos en el tiempo oportuno. Esperarlo todo de la fidelidad y el poder del Señor. Amar a esa persona sin dejar de llevarla en el corazón y en la oración, perdonando todas sus culpas y el mal que haya hecho, y expresando nuestro amor por ella de acuerdo con las circunstancias; un amor que no se puede traducir en hechos visibles, pero que se expresa en la confianza, en el abandono y en el perdón: un amor mayor y más puro cuanto más desgraciado... Incluso cuando nada podemos hacer en el plano de los hechos, siempre conservamos esa libertad interior de perseverar en el amor: una libertad que ninguna circunstancia por trágica que sea, logrará quitarnos. Esta ha de ser para nosotros una certeza firme, una certeza liberadora y llena de consuelo en medio de esta prueba de impotencia: si yo no puedo hacer nada, desde el momento en que creo, espero y amo, algo ocurre en el plano de lo invisible, y sus frutos se manifestarán antes o después, en el tiempo de la misericordia divina. El amor, aunque pobre e impotente en apariencia, siempre es fecundo y no puedo no serlo porque participa del mismo ser y de la vida misma de Dios. “Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” PHILIPPE, J. “ La libertad interior” , Patmos, Rialp, Madrid, 2004, p. 62-64.
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