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DIEZ MANDAMIENTOS PARA SER BUENOS
PADRES
Por Miguel Martínez García
1. Demuéstrale
lo mucho que le quieres Todos los padres quieren a sus hijos pero ¿se
lo demuestran cada día?, ¿les dicen que ellos son lo más
importante que tienen, lo mejor que les ha pasado en la vida? No es suficiente
con atender cada una de sus necesidades: acudir a consolarle siempre que
llore, preocuparse por su sueño, por su alimentación; los
cariños y los mimos también son imprescindibles. Está
demostrado; los padres que no escatiman besos y caricias tienen hijos más
felices que se muestran cariñosos con los demás y son más
pacientes con sus compañeros de juegos. Hacerles ver que nuestro
amor es incondicional y que no está supeditado a las circunstancias,
sus acciones o su manera de comportarse será vital también
para el futuro.
Sólo quien recibe amor es capaz de transmitirlo. No
se van a malcriar porque reciban muchos mimos. Eso no implica que dejen
de respetarse las normas de convivencia.
2. Mantén un buen
clima familiar Para los niños, sus padres son el punto de referencia
que les proporciona seguridad y confianza. Aunque sean pequeños,
perciben enseguida un ambiente tenso o violento. Es mejor evitar discusiones
en su presencia, pero cuando sean inevitables, hay que explicarles, en
la medida que puedan comprenderlo, qué es lo que sucede. Si nos
callamos, podrían pensar que ellos tienen la culpa.
Si presencian frecuentes disputas entre sus padres, pueden
asumir que la violencia es una fórmula válida para resolver
las discrepancias.
3. Educa en la confianza
y el diálogo Para que se sientan queridos y respetados, es imprescindible
fomentar el diálogo. Una explicación adecuada a su edad,
con actitud abierta y conciliadora, puede hacer milagros. Y, por supuesto,
¡nada de amenazas! Tampoco debemos prometerles nada que luego no
podamos cumplir; se sentirían engañados y su confianza en
nosotros se vería seriamente dañada. Si, por ejemplo, nos
ha surgido un problema y no podemos ir con ellos al cine, tal como les
habíamos prometido, tendremos que aplazarlo, pero nunca anular esa
promesa.
4. Debes predicar con
el ejemplo Existen muchos modos de decirles a nuestros hijos lo que deben
o no deben hacer, pero, sin duda, ninguno tan eficaz como poner en práctica
aquello que se predica. Es un proceso a largo plazo, porque los niños
necesitan tiempo para comprender y asimilar cada actuación nuestra,
pero dará excelentes resultados. No olvidemos que ellos nos observan
constantemente y "toman nota". No está de más que, de vez
en cuando, reflexionemos sobre nuestras reacciones y el modo de encarar
los problemas. Los niños imitan los comportamientos de sus mayores,
tanto los positivos como los negativos, por eso, delante de ellos, hay
que poner especial cuidado en lo que se dice y cómo se dice.
5. Comparte con ellos
el máximo de tiempo Hablar con ellos, contestar sus preguntas, enseñarles
cosas nuevas, contarles cuentos, compartir sus juegos... es una excelente
manera de acercarse a nuestros hijos y ayudarles a desarrollar sus capacidades.
Cuanto más pequeño sea el crío, más fácil
resulta establecer con él unas relaciones de amistad y confianza
que sienten las bases de un futuro entendimiento óptimo. Por eso,
tenemos que reservarles un huequecito diario, exclusivamente dedicado a
ellos; sin duda, será tan gratificante para nuestros hijos como
para nosotros.
A ellos les da seguridad saber que siempre pueden contar
con nosotros. Si a diario queda poco tiempo disponible, habrá que
aprovechar al máximo los fines de semana.
6. Acepta a tu hijo tal
y como es Cada crío posee una personalidad propia que hay que aprender
a respetar. A veces los padres se sienten defraudados porque su hijo no
parece mostrar esas cualidades que ellos ansiaban ver reflejadas en él;
entonces se ponen nerviosos y experimentan una cierta sensación
de rechazo, que llega a ser muy frustrante para todos. Pero el niño
debe ser aceptado y querido tal y como es, sin tratar de cambiar sus aptitudes.
No hay que crear demasiadas expectativas con respecto a los
hijos ni hacer planes de futuro. Nuestros deseos no tienen por qué
coincidir con sus preferencias.
7. Enséñale
a valorar y respetar lo que le rodea Un niño es lo suficientemente
inteligente como para asimilar a la perfección los hábitos
que le enseñan sus padres. No es preciso mantener un ambiente de
disciplina exagerada, sino una buena dosis de constancia y naturalidad.
Si se le enseña a respetar las pequeñas cosas - ese jarrón
de porcelana que podría romper y hacerse daño con él,
por ejemplo -, irá aprendiendo a respetar su entorno y a las personas
que le rodean.
Muchos niños tienen tantos juguetes que acaban por
no valorar ninguno. A menudo son los propios padres quienes, como respuesta
a las carencias que ellos tuvieron, fomentan esa cultura de la abundancia.
Lo ideal sería que poseyeran sólo aquellos juguetes con los
que sean capaces de jugar y mantener cierto interés. Guardar algunos
juguetes para más adelante puede ser una buena medida para que no
se vea desbordado y aprenda a valorarlos.
8. Los castigos no le
sirven para nada Los niños suelen recordar muy bien los castigos,
pero olvidan qué hicieron para "merecerlos". Aunque estas pequeñas
penalizaciones estén adecuadas a su edad, si se convierten en técnica
educativa habitual, nuestros hijos pueden volverse increíblemente
imaginativos. Disfrazarán sus actos negativos y tratarán
de ocultarlos. Podemos ofrecerles una conducta aceptable con otras alternativas.
9. Prohíbele menos,
elógiale más Para un crío es tremendamente estimulante
saber que sus padres son conscientes de sus progresos y que además
se sienten orgullosos de él. No hay que escatimar piropos cuando
el caso lo requiera, sino decirle que lo está haciendo muy bien
y que siga por ese camino. Reconocer y alabar es mucho mejor que lo que
se suele hacer habitualmente: intervenir sólo para regañar.
Siempre mencionamos sus pequeñas trastadas de cada
día. ¿Por qué no hacemos lo contrario? Si, con un
gesto cariñoso o un ratito de atención resaltamos todo lo
positivo que nuestros hijos hayan realizado, obtendremos mejores resultados.
10. No pierdas nunca
la paciencia Difícil, pero no imposible, Por más que parezcan
estar desafiándote con sus gestos, sus palabras o sus negativas,
nuestro objetivo prioritario ha de ser no perder jamás los estribos.
En esos momentos, el daño que podemos hacerles es muy grande. Decirles:
"No te aguanto"; "Qué tonto eres"; "Por qué no habrás
salido como tu hermano" merman terriblemente su autoestima. Al igual que
sucede con los adultos, los niños están muy interesados en
conocer su nivel de competencia personal, y una descalificación
que provenga de los mayores echa por tierra su autoconfianza. Contar hasta
diez, salir de la habitación..., cualquier técnica es válida
antes de reaccionar con agresividad ante una de sus trastadas. En caso
de que se nos escape un insulto o una frase descalificadora, debemos pedirles
perdón de inmediato. Reconocer nuestros errores también es
positivo para ellos.
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