|
Conversaciones con San Josemaría.
Punto 100
Continuando con la vida familiar, quisiera ahora centrar
mi pregunta en la educación de los hijos, y en las relaciones entre
padres e hijos. El cambio de la situación familiar en nuestros días
lleva, algunas veces, a que el entendimiento mutuo no sea fácil,
e incluso a la incomprensión, dándose lo que se ha llamado
conflicto entre generaciones. ¿Cómo puede superarse esto?.
El problema es antiguo, aunque quizá puede plantearse
ahora con más frecuencia o de forma más aguda, por la rápida
evolución que caracteriza a la sociedad actual. Es perfectamente
comprensible y natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas
de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que
un adolescente pensara de la misma manera que una persona madura.
Todos hemos sentido movimientos de rebeldía hacia
nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía
nuestro criterio; y todos también, al correr de los años,
hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en tantas
cosas, que eran fruto de su experiencia y de su cariño. Por eso
corresponde en primer término a los padres - que ya han pasado por
ese trance- facilitar el entendimiento, con flexibilidad, con espíritu
jovial, evitando con amor inteligente esos posibles conflictos.
Aconsejo siempre a los padres que procuren hacerse amigos
de sus hijos. Se puede armonizar perfectamente la autoridad paterna, que
la misma educación requiere, con un sentimiento de amistad, que
exige ponerse de alguna manera al mismo nivel de los hijos. Los chicos
- aun los que parecen más díscolos y despegados- desean siempre
ese acercamiento, esa fraternidad con sus padres. La clave suele estar
en
la confianza: que los padres sepan educar en un clima de familiaridad,
que no den jamás la impresión de que desconfían, que
den libertad y que enseñen a administrarla con responsabilidad personal.
Es preferible que se dejen engañar alguna vez: la
confianza, que se pone en los hijos, hace que ellos mismos se avergüencen
de haber abusado, y se corrijan; en cambio, si no tienen libertad, si ven
que no se confía en ellos, se sentirán movidos a engañar
siempre.
Esa amistad de que hablo, ese saber ponerse al nivel de los
hijos, facilitándoles que hablen confiadamente de sus pequeños
problemas, hace posible algo que me parece de gran importancia: que sean
los padres quienes den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un
modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender,
anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar
que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo - que es en sí
mismo noble y santo- de una mala confidencia de un amigo o de una amiga.
Esto mismo suele ser un paso importante en ese afianzamiento de la amistad
entre padres e hijos, impidiendo una separación en el mismo despertar
de la vida moral. Por otra parte, los padres han de procurar también
mantener el corazón joven, para que les sea más fácil
recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias
de los chicos.
La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá
no nos gusten - hasta es posible que no sean objetivamente mejores que
otras de antes -, pero que no son malas: son simplemente otros modos de
vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos
aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con
un poco de perspectiva y de sentido del humor. Pero no todo depende de
los padres. Los hijos han de poner también algo de su parte.
La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de entusiasmo
por todas las cosas grandes, por los ideales elevados, por todo lo que
es auténtico. Conviene ayudarles a que comprendan la hermosura sencilla
-tal vez muy callada, siempre revestida de naturalidad- que hay en la vida
de sus padres; que se den cuenta, sin hacerlo pesar, del sacrificio que
han hecho por ellos, de su abnegación - muchas veces heroicas- para
sacar adelante la familia. Y que aprendan también los hijos a no
dramatizar, a no representar el papel de incomprendidos; que no olviden
que estarán siempre en deuda con sus padres, y que su correspondencia
- nunca podrán pagar lo que deben- ha de estar hecha de veneración,
de cariño agradecido, filial.
Punto 103
Entonces, le parece importante educar a los chicos, desde
pequeños, en la vida de piedad? Piensa que en la familia deben hacerse
algunos actos de piedad?.
Considero que es precisamente el mejor camino para dar una
formación cristiana auténtica a los hijos. La Sagrada Escritura
nos habla de esas familias de los primeros cristianos - la Iglesia doméstica,
dice San Pablo -, a las que la luz del Evangelio daba nuevo impulso y nueva
vida. En todos los ambientes cristianos se sabe, por experiencia, qué
buenos resultados dan esa natural y sobrenatural iniciación a la
vida de piedad, hecha en el calor del hogar. El niño aprende a colocar
al Señor en la línea de los primeros y más fundamentales
afectos; aprende a tratar a Dios como Padre y a la Virgen como Madre; aprende
a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres. Cuando se comprende eso, se
ve la gran tarea apostólica que pueden realizar los padres, y cómo
están obligados a ser sinceramente piadosos, para poder transmitir
- más que enseñar- esa piedad a los hijos.
Los medios?
Hay prácticas de piedad - pocas, breves y habituales-
que se han vivido siempre en las familias cristianas, y entiendo que son
maravillosas: la bendición de la mesa, el rezo del rosario todos
juntos -a pesar de que no faltan, en estos tiempos, quienes atacan esa
solidísima devoción mariana -, las oraciones personales al
levantarse y al acostarse. Se tratará de costumbres diversas, según
los lugares; pero pienso que siempre se debe fomentar algún acto
de piedad, que los miembros de la familia hagan juntos, de forma sencilla
y natural, sin beaterías. De esa manera, lograremos que Dios no
sea considerado un extraño, a quien se va a ver una vez a la semana,
el domingo, a la iglesia; que Dios sea visto y tratado como es en realidad:
también en medio del hogar, porque, como ha dicho el Señor,
donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy
yo en medio de ellos.
Lo digo con agradecimiento y con orgullo de hijo, yo sigo
rezando - por la mañana y por la noche, y en voz alta- las oraciones
que aprendí cuando era niño, de labios de mi madre. Me llevan
a Dios, me hacen sentir el cariño con que me enseñaron a
dar mis primeros pasos de cristiano; y, ofreciendo al Señor la jornada
que comienza o dándole gracias por la que termina, pido a Dios que
aumente en la gloria la felicidad de los que especialmente amo, y que después
nos mantenga unidos para siempre en el cielo.
|